XIV: Edgar, ¿de qué forma TE
QUIERO?
Acabamos de comer el postre y los dos
vamos juntos a su habitación, que ganas de decirle todo, todo lo que siento,
que ganas. Me abre la puerta de su habitación como un caballero, que mono.
-Bueno, y… ¿de qué quieres hablar? –le pregunto
con la esperanza de que me diga que no sabe para contarle.
-Ah… te tenía que contar una cosa…
haber, te iba a dar un calendario, por eso te dijeron algo relacionado con tu
cumpleaños, pero, no lo encuentro…
-Ah.
-¿Qué te pasa?
Suspiro, el corazón me late a mil por
hora, ya está se lo voy a decir le voy a decir que me gusta.
-Que tengo una cosa que contarte, y… no
sé por donde empezar.
-Mmm… ¿por el principio?
Me río con desgana, estoy demasiado
nervioso como para echar una carcajada que se oiga de aquí a china, dios que
nervios.
-Buena reflexión, verás, es que es muy
difícil, este es el principio: me cuesta decírtelo, quiero decir: que no se
como decírtelo, no sé por donde empezar… ya, ya sé que por el principio pero
cuesta, me cuesta, y no sé como te vas a quedar cuando lo oigas.
-Tranquilo, no me mofaré.
-No es eso, bueno, aparte.
-Samuel, haber, relájate, tómate tú
tiempo y dímelo cuando creas necesario.
¡OH, QUE LISTO! Que nervios, ‘Súper
Majo’ me está desafiando, no sé como decírselo, respiro, aspiro, me toco el
pecho, noto mi corazón, parece una discoteca con miles de personas, me cuesta
respirar de los nervios, le apoyo la mano en su rodilla.
-Haber, ¿estás seguro de que me lo
quieres decir? Porque si son temas personales yo no tengo porque saberlo y tú
no tienes porque decírmelo.
-Vale, te lo digo: que… que…
Respiro, aspiro, vuelvo a intentar
formular la frase.
-Que… me…
-Haber, Samuel, dime, se está acabando
el tiempo, bueno, queda media hora y poco pero es que tengo miedo de que igual
no quieres que lo sepa.
-Que tu calendario estaba dentro del
cuento y ya lo estoy usando.
¿Soy tonto o me lo hago? Que excusa tan
mala, vale, tenía pensado decírselo pero, me va a pillar, no es una cosa que de
vergüenza.
-¿Era eso? –Se ríe y continúa- ¿eso te
daba vergüenza? Tranquilo, es un alivio, pensé que lo había perdido, y me había
costado robar el material con el que lo tenía que hacer, así que, gracias.
-UF… menos mal que no te enfadas.
Que frase más falsa, YO soy un falso,
se lo tengo que decir, se lo tengo que decir, pero YA.
Nos reímos, bueno, se ríe él, yo le
sigo con disimulo, pero triste, muy triste.
-Y pensar que me ibas a decir que te
gustaba…
-¡¿QUÉ?!
-… alguien.
-… alguien.
-Ah, no, no.
-¿Por qué gritaste cuando dije eso? No
me dejaste terminar, pareció que dije que pensaba que me ibas a decir que te
gustaba, no, tranquilo, no soy así de creído.
Se ríe, yo le sigo, como siempre: con
disimulo pero triste, ya está bien de mentiras se lo voy a decir.
-Edgar…
-¿Qué? ¿Por qué me miras así? ¿Qué te
pasa? ¿Estás enfadado?
-No, no, tranquilo.
-No, no, tranquilo.
Me sonríe y con interés me pregunta
apartándose y echándose en la cama:
-Entonces… ¿Qué?
Suspiro, aspiro, suspiro, aspiro, hago
eso mucho tiempo, el corazón se me sale por la boca y definitivamente le digo
rápidamente:
-Edgar, ¿de qué forma te quiero?
Se levanta de la cama, y se aparto como
diciendo: ‘que asco’.
-¿Qué quieres decir con eso? Supongo
que somos amigos y me quieres, pero… ¿de qué forma te quiero? Haber, explícate
que no caigo.
-Edgar, desde el primer momento en que
te vi me pareciste súper majo y, a través de tú interior, me empezaste a
gustar, pero no el físico…
Dejando mi frase inacabada ‘Súper
Majo’ ya no tan ‘Súper’ me suelta de sopetón:
-¡¿Tú qué dices?! Haber, niño, no
confundamos las cosas, de arriba abajo, ¡fuera de mi habitación!, da por
finalizada nuestra amistad.
-Pero…
-¡FUERA!
Las lágrimas vuelven, ¿dónde está
Edgar? Ya no me gusta, claro que no, su interior se ha derrumbado.
Salgo de la habitación mirándole con
rabia y dolor y me encuentro en un mundo diferente, en un mundo olvidado, YO
estoy olvidado, ¿y ahora a quién tengo? Eduardo, casi se lo cuento lo de que me
GUSTABA Edgar pero me desmayé, solo puedo confiar en mí mismo. Al desmayarme
Dios me ha dicho: ¡no se lo digas!, y no se lo voy a decir.
-¡Eh, tú!
Germán, en estos momentos no era la
persona a la que quería ver, necesitaba a mi padre, PAPÁ, te necesito más que
nunca.
-Dime.
-Ya te puedes ir olvidando de que
vengan tus padres el día de tú cumpleaños, no van a venir, ¿qué hemos dicho?
Nada de andar por los pasillos, y además…
Me fui a mi habitación no quería
escuchar a nadie, solo quería llorar, y encima ahora, el día de mi cumpleaños
no iba a ver a mis padres, bueno, más bien, a mi madre, mi padre se murió, no
lo veré en ningún cumpleaños más, y todo por el HIJO DE PUTA que le mató en
aquel parque que ahora estará derrumbado y yo ya no tengo nada que hacer para
descubrir quien le mató. NADA, nada, nada, nada, nada,
XV: 2º intento.
Me eché sobre la cama destrozado,
con ganas de gritar, con ganas de ver a mi padre, con ganas de VIVIR, me daba
la sensación de que me estaba perdiendo muchas cosas ahí dentro.
Fui al baño y, silenciosamente, hice pedazos el espejo. Cogí uno de los
trozos y en susurros dije:
-Papá, me voy contigo.
Me iba a clavar el cristal en el
pecho pero alguien (Eduardo) gritó con ganas de llorar:
-No lo hagas, no verás a tus padres,
pero…
-A mi madre.
-Eso, a tu madre, Samuel pásame ese
trozo de espejo por favor, pásamelo y te explico, hablamos, pero no lo hagas,
por favor, no te puedes morir aún, no vas a ver a tú padre pero tienes que
vivir.
Sin una sola lágrima pero con mi
corazón llorando a gritos le susurré con frialdad:
-Aquí no hay manera de que pueda
vivir. Mi vida es una mierda.
-No, no es verdad, hay muchas
personas que te quieren, entre ellas yo, no nos hagas esto por favor, te
queremos, anda dame eso.
Rendido y dolido le di el trozo de
espejo y seguidamente le abracé dejando todo lo malo atrás, todas las
tonterías, ¿por qué matarme? Papá, espérame hasta que llegue mi hora, ¿de
acuerdo?
En mi mente imaginé a mi padre
asintiendo y sonreí.
-Que no vuelva a pasar, ¿vale?
–Asentí y siguió hablando-: yo te ayudaré a superarlo.
Nos intercambiamos unas sonrisas de
confianza y después me abrazó y yo le agarré fuerte sintiendo protección… ¡a la
mierda Edgar!
XVI:
3er intento.
(Narrador:
Eduardo)
Salí de la habitación de Samuel un
poco más feliz, su trastorno había mejorado, esta vez le di unos dos años más
aquí y estaría curado.
Hoy tocaba una reunión con sus
padres porque me tenían que hacer varias preguntas sobre como iba la enfermedad
de su hijo, llegaron y les saludé:
-Hola Carlos, hola Patricia, pasen a mi despacho por favor.
Les indiqué donde tenían que entrar
y se sentaron en frente mío para dar comienzo a la reunión.
-Hola Eduardo –me saludó Carlos, el
padre de Samuel- estoy muy preocupado temo que mi hijo no me vaya a ver jamás,
y que para él esté siempre muerto.
Suspiré, y me di cuenta de que debía
ser duro que tu propio hijo pensase que estabas muerto, le respondí:
-Su enfermedad ha tenido algunas
mejoras, creo que ha comprendido que no debe suicidarse, pero por si acaso sigo
estando al tanto. Creo que en uno o dos años todo le habrá pasado.
La madre de Samuel rompió a llorar,
imagino que ella no podría soportar el pensar que su hijo iba a estar sufriendo
por algo que no es verdad, puesto su disgusto comentó:
-Pero no puedo esperar tanto tiempo,
no quiero que mi hijo sufra, ni que piense que su padre está muerto, ni que se invente
novias y amigos imaginarios, ni que piense que disparan a una señora, y más
cosas, toda su vida es una mentira, siempre pensó que iba al colegio, hasta
tenía amigos de mentira, con los que se peleaba, mi hijo está sufriendo, y soy
capaz de cualquier cosa para que deje de sufrir.
-¿A qué años empezó a inventarse
toda una vida? –pregunté preocupado de que haya estado así desde mucho tiempo.
Carlos hizo memoria y respondió:
-Al principio pensamos que era cosa
de críos, sobre los cuatro años, luego empezó a querer matarnos y a enfadarse
con nosotros sin sentido, maltratar a su hermana, e incluso peores cosas.
Al oír esas palabras me daba cuenta
de que la enfermedad de Samuel era crónica, y que iba a estar toda la vida
inventándose cosas, entonces se lo conté:
-Carlos, Patricia, dado que lleva
tantos años con ella… se ha vuelto una enfermedad crónica.
Patricia se fue de la sala llorando
a gritos y dirigiéndose a la habitación de Samuel, yo le grité:
-No, Patricia, no, interrumpirás su
cura.
Se dio la vuelta y me gritó:
-¡¿QUÉ CURA?! ¡SI ES UNA ENFERMEDAD
CRÓNICA! –Después susurró algo que yo pude escuchar-: acabaré con esto ahora.
Abrió su habitación y todo fue tan
rápido que me cuesta explicarlo, Samuel le sonrió y cuando iba a darle un
abrazo ella cogió una almohada y le puso contra la cama intentando ahogarle. Yo
ni me di cuenta de que debía pararlo, su tercer intento para morirse no fue
provocado por él, sino por su madre, cuando me quise dar cuenta ya era
demasiado tarde, había muerto.
Me desperté con fríos sudores y las
pupilas dilatadas, ¿todo había sido un sueño? Fue entonces cuando me di cuenta
de que era un sueño, pero que había pasado de verdad, lo bueno es que ya
descansa EN PAZ pero yo nunca olvidaré su recuerdo, el recuerdo de una persona
que podría inventarse toda la vida, y que sus recuerdos fueran mentira.
Yo le haré siempre un hueco en mi
corazón.
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