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domingo, 31 de marzo de 2013

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¡ADIÓS!

ÚLTIMOS TRES CAPÍTULOS, Los recuerdos de Samuel:


XIV: Edgar, ¿de qué forma TE QUIERO?

         Acabamos de comer el postre y los dos vamos juntos a su habitación, que ganas de decirle todo, todo lo que siento, que ganas. Me abre la puerta de su habitación como un caballero, que mono.
         -Bueno, y… ¿de qué quieres hablar? –le pregunto con la esperanza de que me diga que no sabe para contarle.
         -Ah… te tenía que contar una cosa… haber, te iba a dar un calendario, por eso te dijeron algo relacionado con tu cumpleaños, pero, no lo encuentro…
         -Ah.
         -¿Qué te pasa?
         Suspiro, el corazón me late a mil por hora, ya está se lo voy a decir le voy a decir que me gusta.
         -Que tengo una cosa que contarte, y… no sé por donde empezar.
         -Mmm… ¿por el principio?
         Me río con desgana, estoy demasiado nervioso como para echar una carcajada que se oiga de aquí a china, dios que nervios.
         -Buena reflexión, verás, es que es muy difícil, este es el principio: me cuesta decírtelo, quiero decir: que no se como decírtelo, no sé por donde empezar… ya, ya sé que por el principio pero cuesta, me cuesta, y no sé como te vas a quedar cuando lo oigas.
         -Tranquilo, no me mofaré.
         -No es eso, bueno, aparte.
         -Samuel, haber, relájate, tómate tú tiempo y dímelo cuando creas necesario.
         ¡OH, QUE LISTO! Que nervios, ‘Súper Majo’ me está desafiando, no sé como decírselo, respiro, aspiro, me toco el pecho, noto mi corazón, parece una discoteca con miles de personas, me cuesta respirar de los nervios, le apoyo la mano en su rodilla.
         -Haber, ¿estás seguro de que me lo quieres decir? Porque si son temas personales yo no tengo porque saberlo y tú no tienes porque decírmelo.
         -Vale, te lo digo: que… que…
         Respiro, aspiro, vuelvo a intentar formular la frase.
         -Que… me…
         -Haber, Samuel, dime, se está acabando el tiempo, bueno, queda media hora y poco pero es que tengo miedo de que igual no quieres que lo sepa.
         -Que tu calendario estaba dentro del cuento y ya lo estoy usando.
         ¿Soy tonto o me lo hago? Que excusa tan mala, vale, tenía pensado decírselo pero, me va a pillar, no es una cosa que de vergüenza.
         -¿Era eso? –Se ríe y continúa- ¿eso te daba vergüenza? Tranquilo, es un alivio, pensé que lo había perdido, y me había costado robar el material con el que lo tenía que hacer, así que, gracias.
         -UF… menos mal que no te enfadas.
         Que frase más falsa, YO soy un falso, se lo tengo que decir, se lo tengo que decir, pero YA.
         Nos reímos, bueno, se ríe él, yo le sigo con disimulo, pero triste, muy triste.
         -Y pensar que me ibas a decir que te gustaba…
         -¡¿QUÉ?!
         -… alguien.
         -Ah, no, no.
         -¿Por qué gritaste cuando dije eso? No me dejaste terminar, pareció que dije que pensaba que me ibas a decir que te gustaba, no, tranquilo, no soy así de creído.
         Se ríe, yo le sigo, como siempre: con disimulo pero triste, ya está bien de mentiras se lo voy a decir.
         -Edgar…
         -¿Qué? ¿Por qué me miras así? ¿Qué te pasa? ¿Estás enfadado?
         -No, no, tranquilo.
         Me sonríe y con interés me pregunta apartándose y echándose en la cama:
         -Entonces… ¿Qué?     
         Suspiro, aspiro, suspiro, aspiro, hago eso mucho tiempo, el corazón se me sale por la boca y definitivamente le digo rápidamente:
         -Edgar, ¿de qué forma te quiero?
         Se levanta de la cama, y se aparto como diciendo: ‘que asco’.
         -¿Qué quieres decir con eso? Supongo que somos amigos y me quieres, pero… ¿de qué forma te quiero? Haber, explícate que no caigo.
         -Edgar, desde el primer momento en que te vi me pareciste súper majo y, a través de tú interior, me empezaste a gustar, pero no el físico…
Dejando mi frase inacabada ‘Súper Majo’ ya no tan ‘Súper’ me suelta de sopetón:
-¡¿Tú qué dices?! Haber, niño, no confundamos las cosas, de arriba abajo, ¡fuera de mi habitación!, da por finalizada nuestra amistad.
-Pero…
-¡FUERA!
Las lágrimas vuelven, ¿dónde está Edgar? Ya no me gusta, claro que no, su interior se ha derrumbado.
Salgo de la habitación mirándole con rabia y dolor y me encuentro en un mundo diferente, en un mundo olvidado, YO estoy olvidado, ¿y ahora a quién tengo? Eduardo, casi se lo cuento lo de que me GUSTABA Edgar pero me desmayé, solo puedo confiar en mí mismo. Al desmayarme Dios me ha dicho: ¡no se lo digas!, y no se lo voy a decir.
-¡Eh, tú!
Germán, en estos momentos no era la persona a la que quería ver, necesitaba a mi padre, PAPÁ, te necesito más que nunca.
-Dime.
-Ya te puedes ir olvidando de que vengan tus padres el día de tú cumpleaños, no van a venir, ¿qué hemos dicho? Nada de andar por los pasillos, y además…
Me fui a mi habitación no quería escuchar a nadie, solo quería llorar, y encima ahora, el día de mi cumpleaños no iba a ver a mis padres, bueno, más bien, a mi madre, mi padre se murió, no lo veré en ningún cumpleaños más, y todo por el HIJO DE PUTA que le mató en aquel parque que ahora estará derrumbado y yo ya no tengo nada que hacer para descubrir quien le mató. NADA, nada, nada, nada, nada,






XV: 2º intento.

Me eché sobre la cama destrozado, con ganas de gritar, con ganas de ver a mi padre, con ganas de VIVIR, me daba la sensación de que me estaba perdiendo muchas cosas ahí dentro.
Fui al baño y, silenciosamente,  hice pedazos el espejo. Cogí uno de los trozos y en susurros dije:
-Papá, me voy contigo.
Me iba a clavar el cristal en el pecho pero alguien (Eduardo) gritó con ganas de llorar:
-No lo hagas, no verás a tus padres, pero…
-A mi madre.
-Eso, a tu madre, Samuel pásame ese trozo de espejo por favor, pásamelo y te explico, hablamos, pero no lo hagas, por favor, no te puedes morir aún, no vas a ver a tú padre pero tienes que vivir.
Sin una sola lágrima pero con mi corazón llorando a gritos le susurré con frialdad:
-Aquí no hay manera de que pueda vivir. Mi vida es una mierda.
-No, no es verdad, hay muchas personas que te quieren, entre ellas yo, no nos hagas esto por favor, te queremos, anda dame eso.
Rendido y dolido le di el trozo de espejo y seguidamente le abracé dejando todo lo malo atrás, todas las tonterías, ¿por qué matarme? Papá, espérame hasta que llegue mi hora, ¿de acuerdo?
En mi mente imaginé a mi padre asintiendo y sonreí.
-Que no vuelva a pasar, ¿vale? –Asentí y siguió hablando-: yo te ayudaré a superarlo.
Nos intercambiamos unas sonrisas de confianza y después me abrazó y yo le agarré fuerte sintiendo protección… ¡a la mierda Edgar!








XVI: 3er intento.
(Narrador: Eduardo)

Salí de la habitación de Samuel un poco más feliz, su trastorno había mejorado, esta vez le di unos dos años más aquí y estaría curado.
Hoy tocaba una reunión con sus padres porque me tenían que hacer varias preguntas sobre como iba la enfermedad de su hijo, llegaron y les saludé:
-Hola Carlos,  hola Patricia, pasen a mi despacho por favor.
Les indiqué donde tenían que entrar y se sentaron en frente mío para dar comienzo a la reunión.
-Hola Eduardo –me saludó Carlos, el padre de Samuel- estoy muy preocupado temo que mi hijo no me vaya a ver jamás, y que para él esté siempre muerto.
Suspiré, y me di cuenta de que debía ser duro que tu propio hijo pensase que estabas muerto, le respondí:
-Su enfermedad ha tenido algunas mejoras, creo que ha comprendido que no debe suicidarse, pero por si acaso sigo estando al tanto. Creo que en uno o dos años todo le habrá pasado.
La madre de Samuel rompió a llorar, imagino que ella no podría soportar el pensar que su hijo iba a estar sufriendo por algo que no es verdad, puesto su disgusto comentó:
-Pero no puedo esperar tanto tiempo, no quiero que mi hijo sufra, ni que piense que su padre está muerto, ni que se invente novias y amigos imaginarios, ni que piense que disparan a una señora, y más cosas, toda su vida es una mentira, siempre pensó que iba al colegio, hasta tenía amigos de mentira, con los que se peleaba, mi hijo está sufriendo, y soy capaz de cualquier cosa para que deje de sufrir.
-¿A qué años empezó a inventarse toda una vida? –pregunté preocupado de que haya estado así desde mucho tiempo.
Carlos hizo memoria y respondió:
-Al principio pensamos que era cosa de críos, sobre los cuatro años, luego empezó a querer matarnos y a enfadarse con nosotros sin sentido, maltratar a su hermana, e incluso peores cosas.
Al oír esas palabras me daba cuenta de que la enfermedad de Samuel era crónica, y que iba a estar toda la vida inventándose cosas, entonces se lo conté:
-Carlos, Patricia, dado que lleva tantos años con ella… se ha vuelto una enfermedad crónica.
Patricia se fue de la sala llorando a gritos y dirigiéndose a la habitación de Samuel, yo le grité:
-No, Patricia, no, interrumpirás su cura.
Se dio la vuelta y me gritó:
-¡¿QUÉ CURA?! ¡SI ES UNA ENFERMEDAD CRÓNICA! –Después susurró algo que yo pude escuchar-: acabaré con esto ahora.
Abrió su habitación y todo fue tan rápido que me cuesta explicarlo, Samuel le sonrió y cuando iba a darle un abrazo ella cogió una almohada y le puso contra la cama intentando ahogarle. Yo ni me di cuenta de que debía pararlo, su tercer intento para morirse no fue provocado por él, sino por su madre, cuando me quise dar cuenta ya era demasiado tarde, había muerto.

Me desperté con fríos sudores y las pupilas dilatadas, ¿todo había sido un sueño? Fue entonces cuando me di cuenta de que era un sueño, pero que había pasado de verdad, lo bueno es que ya descansa EN PAZ pero yo nunca olvidaré su recuerdo, el recuerdo de una persona que podría inventarse toda la vida, y que sus recuerdos fueran mentira.
Yo le haré siempre un hueco en mi corazón.

viernes, 29 de marzo de 2013

TRECEAVO CAPITULO, Los recuerdos de Samuel:


XIII: ¿Dónde está Edgar?

         Me desperté. Parece mentira, pero el día de ayer me pasó súper rápido. No vi a Edgar, en la comida no estaba, ni en la cena, o por lo menos, yo no le vi, ¿se habrá ido? No, no creo, (¡POR FAVOR QUE NO SE HALLA IDO!).
         Llaman a la puerta, supongo que será Eduardo. Mi boca suelta un adelante pero la puerta no se abre, después de unos segundos escucho:
         -¡A desayunas Samuel!
         ¡BIEN! Podré ver si está Edgar. Ayer no cumplí mi promesa, no le vi, pero hoy os prometo, es más, os juro, que después de comer venimos a mi habitación y se lo digo todo, todo lo que me pasa, aish… me va a costar pero nunca he tenido problemas para expresar mis sentimientos, ¿por qué empezar ahora?
         Vuelve a sonar la puerta.
         -Ya voy.
         Arranco otro día del calendario de Edgar, hoy me pone: día 29, y debajo: quedan 2 días. Que chico TAN, TAN, TAN majo.
         Acabo de desayunar, Edgar no estaba, tengo miedo de que se haya ido. Paso una mañana un poco larga, haciendo deporte pero una voz me libra del sufrimiento:
         -¡A COMER!
         ¡BIEN!
 Salgo por la puerta y me dirijo a una puerta, la del comedor. Antes de entrar voy diciendo en bajo por el camino:
         -Que esté Edgar, que esté Edgar, que esté Edgar, que esté Edgar.
         Con miedo me asomo por la puerta siguiendo repitiendo la misma frase, miro a los lados, no encuentro a Edgar, se ha ido, no nos hemos despedido, con esperanza vuelvo a mirar, no, se ha ido, no puede ser, yo quería haberme despedido, ya no es TAN majo.
         -¡Samuel, eh, ven, te he guardado un sitio, ayer no nos vimos en todo el día!
         Miro a la derecha ¿quién coño me guardó sitio si yo solo conozco a…?
         -¡Edgar!
         Voy corriendo a su encuentro, me siento, que ganas de verle, le sonrío sin saber que decir, no quiero decir nada, solo sonreír, está aquí, delante de mí, que ilusión, sonrío con la esperanza de que el diga algo y, como siempre, consigo mis propósitos:
         -Ya me ha contado Eduardo donde has estado y que ha pasado y todo el cuento… Te han puesto un punto rojo, pero tranquilo, yo tengo dos…
         -Yo quiero estar con mi familia el día de mi cumpleaños.
         -Estarás conmigo.
         Le sonrío, una y otra vez. Le sonrío más que nunca ¿me estaré enamorando? No, es un chico, por Dios, que asco, pero a la vez dulzura, lo que me extraña es que solo me guste el de todos los chicos que existen en el mundo, igual es una chica que dice ser un chico… Por Dios, que tonterías digo a veces, bueno, a veces tirando a SIEMPRE.
         -Gracias, por cierto, a la cena, ¿me guardas un sitio a tu lado?
         Que diga que si, por favor, por favor, que diga que si, un si, o un vale, una respuesta afirmativa, por favor, pero que responda el majo.
         -No, claro que no, ¿tú que te piensas? Ya no quiero ser amigo tuyo… me han contado cosas.
         Estado de shock: PLAY. Por favor: Cancelar, cancelo el botón de PLAY.
         -Que si tonto –me dice con una sonrisa de cabo a rabo, (creo que eso no existe)
         Coño… ¿existe un botón de play?
         -Era broma, valla cara que has puesto –me suelta riendo sin parar.
         Eso lo explica tonto, digo todo. Es que la palabra tonto (cariñosamente) se me ha quedado grabada, que majo, majísimo, le voy a llamar ‘Súper Majo’, ya está bautizado, aish… ‘Súper Majo’.
         -Me has asustado, en serio.
         Se ríe, me encanta como se ríe, me encanta él en sí, me da igual lo que haga, me da igual su exterior, ya se porque me gusta, por su interior, la verdad es que siempre me fijo e el físico de las chicas pero en él solo me fijo en su interior, nada más, me gusta él, no su cara, él, quiero decir que me gusta su persona, me parece que es guapo porque primero es guapo por el interior y es lo único que importa en esta ocasión, me encanta como se ríe ¿os lo había dicho?
         -Tranquilo, me caes muy bien, eres el único de aquí que es mi amigo, en verdad, yo nunca he tenido muchos amigos, me miraban mal por ser bulímico, cuando se enteraron de que iba a venir aquí me llamaban loco por los pasillos y…
         -Calla, no digas nada, deja de hablar de eso, a partir de ahora tema franjado, no quiero más disgustos, hay que ser feliz ¿Vale?
         -Si, eso te lo había dicho yo. Me gusta que ahora pienses así, cuando te conocí te vi muy triste, y te voy a confesar que pensé que te tenían que tratar muy bien y ser muy educado porque pensé que hacía tiempo que no te reías, sin ofender, pero, ¿me equivocaba?
         Una carcajada se me escapó, ¡era lo mismo que pensaba yo de él! Al final si que vamos a ser parecidos, y mucho, vamos, eso espero.
         -Es lo mismo que pensé yo, y… no, no te equivocabas, muchas gracias, por cierto, sin ofender, pero, ¿yo me equivocaba?
         Me mira raro, con desprecio, ¿qué le pasa? Después se ríe, ¿qué le pasa?
         -No, tenías toda la razón, necesitaba soltar unas carcajadas y liberar toda la carga que había acumulado todos años atrás, gracias.
         Una sonrisa vislumbró mi cara, otra la de él, ¿le gustaré? No creo.
         -Venga, a comer rápido y vamos a mi habitación que tengo ganas de hablar sin tener a termitas por el alrededor, así que vamos.
         -¿No íbamos a la mía?
         -No, a la mía anda
         -Vale Edgar, pero mañana a la mía eh, que es mucho más guapa.
         Un tono de enfado-sarcasmo salió de la boca de Edgar.
         Seguimos comiendo, hablando de vez en cuando pero con cuidado de que no nos viera Germán, o como le llamamos Edgar y yo: ‘La Termita’. Y cada vez que estamos hablando y pasa por alado de nosotros decimos en bajo para avisar: ‘nos atacan Las Termitas’. Me encanta charlar con Edgar, es lo mejor, el problema es que empiezo a dudar en si decírselo o no, me da mucho miedo, además, él no es gay. 

miércoles, 27 de marzo de 2013

CAPÍTULO DOCEAVO, Los recuerdos de Samuel:


XII: sangre.

         Al final del libro había una carta en la que ponía: arranca cada día una hoja hasta el día de tu cumpleaños. Hoy arranco la primera. Al final del día 28 trae escrito: quedan tres días para tú cumpleaños. Que chico tan majo, ojalá fuera una chica y todo fuera muy fácil. Tengo pensado decírselo.
         Hoy me ha despertado Eduardo pero me ha dicho que los demás días me las tendré que apañar yo solito. Me lavo los dientes, me ducho, y me visto. Hoy tengo pensado decirle a Edgar lo que siento, se lo voy a decir. Lo prometo.
         Salgo de la habitación con los pantalones puestos (claramente) y me dirijo a hablar con Eduardo.
         -Oye, Eduardo, perdona, ¿Puedo hablar contigo?
         Se gira, sonríe al ver que soy yo y apartándome para que nadie lo oiga me pregunta muy simpáticamente, como hace desde la carta que me mandó:
         -¿Es algo secreto?
         -No, pero, es algo que me da vergüenza, mucha vergüenza, es una pregunta, por favor, no te rías, ¿me lo prometes? Es que me da mucha vergüenza.
         -Te escucho, dime.
         -No sé… no sé… -me acerco y le digo al oído-: no sé que tengo que hacer ahora.
         Se empieza a reír y yo me enfado diciéndole:
         -Me dijiste que no te reirías.
         -Eres un poco tonto. ¿Cómo lo ibas a saber? Es tú segundo día aquí.
         -¿En serio? ¿Solo dos días? No puede ser… ¿Qué está pasando en mi vida?
         -Samuel, tranquilo, aquí te ayudaremos y te irás pronto, no te preocupes.
         -No es eso… es mi padre, llevo mucho tiempo sin verle, necesito volver para verle.
         -Samuel, tu padre, haber, es que tu padre… ha muerto.
         Las palabras ‘ha muerto’ se repitió en mi mente varias veces hasta que abrí los ojos.
         -¡Samuel, te has caído! –me dice Eduardo.
         -¿Qué?
         -Te has desmayado, ¿bajón de tensión?
         Pero, ¿qué ha pasado? ¿Dónde estoy?
         -Me ibas a decir algo –insiste Eduardo preocupado por mi- ¿Estás bien?
         -No sé lo que ha pasado, ¿por qué me voy a desmayar? No lo entiendo.
         -Quizás te has levantado muy rápido de la cama y tienes la tensión muy baja, ¿quieres que te lleve al médico? –Cuando asiento me dice-: venga, ven, que te acompaño.
         Le sigo pasillo adelante, giramos a mano izquierda y al final del siguiente pasillo puedo ver un cartel que trae: ‘ENFERMERÍA’. Eduardo me mira y señalando la puerta por donde se entra a la enfermería y me explica:
         -Me tengo que ir, tengo una reunión con el director de este sitio, mira ahí esta, vete tú, di que eres el nuevo, el número 30789, bueno yo me voy, recuerda 30789.
         Asentí y se fue.
         ¿30789? Soy un número, un estúpido número, ¿qué mierda es eso? Un número, como en la cárcel.
         Entré en la enfermería, dos enfermos acostados en las camillas. Uno de ellos creo que tenía varicela (sus granos lo indicaban), y el otro hablaba con la médica:
         -Tranquilo, llegará enseguida la ambulancia, te llevarán y te transplantarán la médula, respira hondo y… ¡¿TU QUÉ HACES AQUÍ?! –me pregunta a gritos al verme a su lado a punto de hablarle.
         No sé que decir, parecía muy buena gente y de repente… Que paciencia hay que tener,  con ella no, bueno, a parte, pero es que, tengo que tener paciencia con todo el mundo. Siento como que todos me tratan mal.
         La médica se quedó con la boca abierta unos segundos y después de un rato re ríe. Así, sin más, ¿se está riendo de mí? Será idiota. Se ríe un poco más y me dice cortadamente porque la risa le impide hablar:
         -Pe…per… perdón… -se pone la mano en su cara roja de la risa y me vuelve a decir-: perdón, perdón, es que me has asustado, siéntate en esa camilla que voy en dos o tres segundos para ya, espera que acabe con él.
         Le sonrío y me dirijo a la camilla que me había señalado con el dedo. Al final es maja, no se reía de mí, pero bueno es un poco tonta la pobre.
         Me senté en la camilla y noté algo húmedo en la muñeca. La toqué sin mirarla, me duele al tocarla. Me miro la mano con la que había tocado la herida y vi una mancha gigante de sangre, me miré la muñeca y salían chorros de sangre.
         -Bueno y… ¿qué querías? –me pregunta educadamente la médica.
         -¿Eh?
         Después de decir ‘¿eh?’ salí por la puerta corriendo, sin dar explicaciones, sin mirar a nadie, escondiendo la enorme herida. Me metí en mi cuarto, cerré la puerta, me quité la manga de la ropa y pude ver que la quemadura estaba sangrando pero pocos segundos después me di cuenta de que había una línea cubierta de sangre. ¡El pequeño corte! No, no.
         Fui al baño y cogí todo el papel higiénico que quedaba y me lo enrollé en la muñeca. Apreté. La herida no paraba de derrochar sangre, la vista se me nublaba pero si decía algo estaría más tiempo en el PUTO manicomnio. Cada vez veía menos. Apretaba más la herida y busqué más papel en el baño. Encontré alcohol para curar heridas. Lo gasté derrochándolo sobre mi herida, pero no paraba de sangrar. Me quité la ropa y me metí en la ducha, no sabía que hacer.
         -¡Samuel, me ha dicho la médica que te has ido, luego te acompañaré otra vez, vete a desayunar! –gritó Eduardo.
         -Un momento –le pedí.
         En ese momento empecé a recordar todo lo que había pasado en el hospital, recordé el momento en el que guardaba la carta para mi padre  en la mesilla, tenía que encontrarla.
         -¡EDUARDO!
         Un grito acabó con mi garganta y con mi vista. Podía ver agua derramándose sobre mi y sangre acompañado esa agua y metiéndose en mi boca. Lo último que pude ver fue el rostro preocupado de Eduardo.
         Mis pulmones no accedían a hincharse. Notaba la piel caliente, que horror de sensación. Parecía que no quería respirar. Lo primero que vi fue un rostro familiar, me sonaba de algo.
         -¡Eh, eh, se está despertando!
         ¡Era el niño al que estaba atendiendo la enfermera del manicomnio cuando yo entre en su enfermería!
         -Samuel, ¿por qué lo has hecho, con qué te has quemado?
         Era Eduardo. Sonreí y le di un fuerte abrazo.
         -Explícamelo –me exigió al retirar mis brazos de su cuerpo.
         -Eduardo, el corte no era de hoy, me lo había hecho hace tiempo, debí de cortarme por la noche sin querer.
         -Mala suerte.
         Le miré extrañado. ¿Qué quería decir con eso? ¿Mala suerte?
         -No lo entiendo, ¿qué quieres decir?
         -Te han puesto un punto negativo, eso significa: más días en el centro.
         Le miré con ganas de llorar pero, por una vez, me contuve, ya había llorado demasiado.
         -¿Cuándo me voy a ir de aquí?
         -Ahora, pensaban que era algo muy grave, pero no es nada tranquilo.
         -No he…
         La palabra que seguía era ‘desayunado’ pero no me permitió decirla el manjar de fruta y un chocolate caliente que traía la enfermera.
         -Gracias, por cierto Eduardo… ven, acércate.
         Se acercó, miré a los dos lados y al ver que el niño de la enfermería estaba hablando con un enfermo le susurré al oído señalando al niño:
         -¿Qué hace aquí?
         El se apartó y con serenidad me respondió:
         -Creo que eso no es asunto tuyo. Es asunto de la enfermera y todos los trabajadores del centro.
         -Eduardo… mmm… dímelo, por favor, no diré nada, te lo prometo.
         -Bueno anda, pero no le digas nada al primero que te atendió cuando llegaste.
         -¿El marica?
         -A que no te lo digo…
         Le sonreí y me corregí:
         -El homosexual… el homosexual.
         -Vale, haber, pero no digas nada –asentí con seguridad y me contó-: lo acabamos de traer a la vez que a ti, lo van a ingresar en otra habitación, el ha decidido venir aquí a verte, es muy buena gente.
         -¿Por qué lo han ingresado?, es decir, ¿es cáncer, o una enfermedad o…?
         -Tiene leucemia, cáncer de sangre, le van a transplantar una médula.
         -Calla, no digas más, me dan escalofríos, pobrecito, que bueno que quiso venir a verme.
         -Si, es que pensábamos que era algo mucho peor y le dio mucha pena.
         -Que bueno, yo no lo habría hecho, bueno, quizás si, por cierto, ¿cómo se llama?
         Abrió su carpeta miró la lista de, como nos llaman, ‘locos’ y al encontrar el nombre del chico que tenía leucemia me susurró para que no lo oyera:
         -Elías, Elías Cándido Sánchez, estaba en el centro de psicología porque deliraba, luego unos días antes de que le sacaran de allí le dieron síntomas de leucemia.
         -Vale, cállate, no quiero saber más, me da mucha pena es historia.
         Una enfermera entró por la puerta con una ficha médica y se la enseñó a Eduardo diciendo:
         -Lo sabía, no tiene nada, pero que no se vuelva a cortar en el mismo sitio o pasarán cosas, cosas que ni yo misma sé con claridad –me miró y me dijo-: recoge tus cosas y deja la cama libre en menos de una hora.
         -De acuerdo –contestamos Eduardo y yo al unísono casi sin darnos cuenta.
         Recogí todas mis cosas (solo era una chaqueta) y mirando a mí alrededor asegurándome de que no me habían traído nada más y pregunté esperando un si o un vale o un de acuerdo, en fin, esperando una respuesta afirmativa:
         -Bueno, ¿nos vamos?
         -Si, venga, vamos al coche.

martes, 26 de marzo de 2013

CAPÍTULO ONCEAVO, Los recuerdos de Samuel:


XI: final del libro de Edgar, me encanta.

         Me encierro en mi habitación y abro de nuevo el cuento de Edgar, con mucho entusiasmo leo alegremente:

         Samuel decidió no escuchar más de la conversación, se imaginaba la respuesta, estaba claro, iba a acabar en un orfanato, y con suerte, en una casa, pero es difícil que alguien adopte a un niño feo, ya no le quedaba nada, no sabía que hacer, por unos momentos se le ocurrió la idea de suicidarse con Julia, pero, según afirmaba, Julia no quería suicidarse.

-¡HA DESPERTARSE! ¡VENGA! –dijo de malas maneras Cintia.
-¿Y si no quiero?
En ese momento, Manuel, el padre, entro por la puerta haciéndole señales a Samuel para que le hiciera caso:
-Venga, también he preparado un desayuno para Julia.
En ese momento, el pequeño, cogió a Julia de la mano dándose cuenta de que su padre la veía, aunque no la viese, Manuel era astuto, y sabía muy bien como hacer feliz a su hijo, y la verdad, era muy sencillo.
Al llegar a la cocina, Samuel se sentó en su típico lugar de comer e hizo como que apartaba una silla para que se sentara su única y mejor amiga.
-Julia, creo que a mi padre le caes bien, te ha preparado un desayuno, ¿no piensas comer nada? Como sigas así, te vas a morir.
Manuel miró tristemente a Samuel, le preocupaba su imaginación, al fin y al cabo, ya tenía 14 años, pero, por una parte le entendía, sin ningún amigo, lo mejor que puedes hacer es inventarte uno. También le miro triste porque al hacerle esa pregunta Cintia, Manuel no pudo responder, tenía más vida con Cintia, y no es lo mismo un hijo que una mujer, Cintia y el nunca se separaban, ella le había dado una semana para responder, y él no sabe que va a decir. Pobre Samuel, casi nadie le quiere, para él, solo le quiere su valiosa amiga Julia.
Después de desayunar, Samuel, no sabía que hacer, típico en las mañanas de Sábados, la mayoría de los niños ven la tele o chatean por redes sociales, pero el no tenía amigos, no merecía la pena crearse una red social.
-¡Papá! No se que hacer.
-Vete a tu habitación, tengo una idea.
Como le había dicho su padre, fue a su habitación y esperó.
Manuel asomó por la puerta y le hizo un gesto para que se tumbara en la cama.
-Cierra los ojos.
-¿Y ahora que?
-Silencio, no digas nada, no abras los ojos, crea tu mundo, mete a las personas que quieras en el, y imagina todo lo que se te antoje.
En ese momento Samuel tuvo un mundo en el que solo estaban él y Julia. Se imaginó que volaban, veían las casas muy pequeñas, y Julia hablaba. Tenía una melena rubia y unos preciosos ojos azules, era la mujer más guapa del mundo para él.
-¿Hacia dónde volamos?-preguntó Julia alegremente.
Samuel abrió los ojos, se levantó de la cama y se fue de la habitación.
-¿Qué te pasa?-preguntó su padre.
-No me gusta este juego.
Manuel extrañado porque le debería encantar, pues lo había inventado para eso, le preguntó:
-¿Y eso?
-Es que, papá, odio los sueños, odio esto, es muy parecido, vamos a ver, para que quiero imaginar todo eso, cuando abra los ojos voy a estar en este asco de vida, prefiero no hacerme ilusiones, en el sueño te despiertas y en este juego tuyo, peor todavía, abres los ojos. Solo con abrir los ojos se acaba todo lo bueno.
-Pues no los abras, no los abras.
-¿Y que voy a estar toda la vida en un profundo sueño?
-Digo, no los abras en la vida, ósea, mira lo bueno, no lo malo.
-¡Ah! Es verdad, pero hay un problema, no hay nada bueno.
Después de decir esto, Samuel se fue a llorar al salón donde se encontraba su madre, al verla, le miró con asco y se fue de casa, se quedó llorando en pijama en las escaleras, le daba igual que alguien le viera, ya lo tenía todo perdido. En el fondo, él, sabía perfectamente que Julia no existía, pero al no tener a nadie, y después de verla en su imaginación, había pasado de ser invisible a ser una preciosa rubia de ojos azules, la típica guapa.
Manuel dejó que Samuel pensara en los hechos porque no sabía que decirle.

-Cariño ¿podemos hablar?-preguntó el padre de la familia a su mujer.
-Si, claro, claro.
-Es sobre Samuel, ya me lo he pensado.
-¿Y bien que has decidido?
-Pues, haber, cariño, te quiero, mucho, mucho, mucho, pero no eres el tipo de mujer que parecías ser, me has hecho elegir, pues me voy por Samuel, esta es nuestro último día aquí.
Cintia le miró con rabia y con decepción y se fue a un supermercado donde compró alcohol para olvidar que su marido le había dejado.

En casa, todos se pusieron a dormir. Cintia llegó con: Absenta, Everclear, Vodka Devil’s Spring, Ron Stroh y algunas bebidas muy fuertes. Se bebió una botella de absenta, otra de Everclear y se le fue un poco la conciencia, no sabía lo que hacía.

Samuel se despertó mordiendo una manzana con una cuerda por encima impidiéndole hablar. Miró hacia los lados y a su lado izquierdo vio a su madre con un cuchillo.
Su padre entró por la puerta gritando:
         -¡¿Qué estás haciendo?!
Cintia no se lo pensó dos veces y hundió su cuchillo en el pecho de su marido. Después, al ver que ya nadie le podía oír, le quito la manzana y la cuerda de la boca a Samuel.
-Estás borracha, por favor, ¡HAS MATADO A MI PADRE!
Samuel se desesperó y empezó a imaginarse viendo como Julia le intentaba salvar pero no podía porqué abría los ojos y ya no estaba.
-¿Me vas a matar?-preguntó con lágrimas en los ojos.
-No. Te voy a abandonar.
Cintia le desató y le dijo:
-Nunca te he querido, que sepas que es lo último que voy a decirte, es lo último que voy a decir: Te odio.
Cintia se clavó el cuchillo en la garganta acompañado por grito de Samuel.

‘Después de unos meses’
-Estos son tus nuevos papás-dijo el director del orfanato a Samuel.
-Hola
-Hola, ¿quieres que vallamos ya a casa?
Él asintió y fue en el coche de sus nuevos padres.
Cuando llegaron, le enseñaron todas las partes de la casa incluida su habitación.
-¿Me podéis dejar solo en mi habitación?
-Si, por supuesto, y recuerda, este es tu nuevo hogar, como si hubieras vivido aquí desde toda la vida-dijo su nueva madre sonriendo.
Cuando se fueron de su nueva habitación disfrutó hablando con Julia explicándole:
-Julia, estoy triste, creo que lo mejor es morirme, si, no insistas, tu no existes, si me muero quizás, pero bueno, no pensemos que no existas ahora, te quiero, vivo soy infeliz, muerto, estaré con mi padre, y estaré contigo, que digo, estaré con todos, y estaré feliz, eso es lo que importa, ¿lo entiendes?
Samuel escribió una carta para sus nuevos y últimos padres.
Después agarró a Julia de la mano y fueron juntos hacia el borde de la ventana, Samuel miró abajo y tragó saliva.
-Te quiero-le dijo a Julia.
<<Yo también-pensó Samuel que le decía Julia>>
-Una, dos y tres.
Samuel se dejó caer, cerró los ojos, le apretó la mano a Julia y se tiró con un grito. Antes de caer, le pareció que tardó minutos en caer, quería acabar ya, caer al suelo, morirse ya.

Abrió los ojos y lo primero que vio fue a una chica guapa, con preciosos cabellos rubios y ojos azules.
´-Hola, todo ha ido bien-dijo ella con una sonrisa.
Cuando se levantó de la cama de oro vio a dos pájaros gigantes, uno azul y otro verde.
-El tuyo es el verde.
Se subió al verde, Julia al otro y le dijo:
-¿Hacia donde volamos?
Tanto tiempo había él estado esperando eso, estar con Julia, que existiera, estar volando, todo lo que quería, y lo único que podía hacer era sonreír, Julia, verdaderamente existía. Los pájaros se tiraron y Samuel sintió que podía volar, Julia le volvió a preguntar:
-¿Hacia done volamos?
Y lo último que se de esta pequeña historia es que Samuel recuperó la sonrisa.



Queridos mamá y papá (nuevos):
Se que me habéis tratado genial y os lo agradezco, pero mi madre me dijo te odio antes de suicidarse, y no lo puedo olvidar, necesito morirme, ya no hago nada vivo, estoy triste todos los días, ya no se me apetece hacer nada, tengo visiones de cómo sería si me muriera, cierro los ojos y veo como mi madre me dice que no me odia, gracias por todo, se que os he costado dinero, tenéis esta prueba de que quiero que os cojáis todo mi dinero que tengo guardado en el banco, no os preocupéis por mi, estaré bien, solo quiero ser feliz.
Os quiere,
Vuestro hijo.

        



         Samuel se miró al espejo y vio que era guapo, sin gafas, sin aparato, era guapo, muy guapo, a su lado la mujer más bella del mundo, su mujer, Julia, con la que había compartido toda su vida, y al otro lado, su padre tan sonriente como siempre, por fin todos juntos, solo faltaba su bella madre, que no la había vuelto a ver, había comenzado una nueva vida en su imaginación. Cintia apareció por la puerta y le dijo:
         -Te quiero.

Y Samuel le sonrió, dejando atrás todo lo malo.


         Una lágrima brotó del Samuel de verdad, yo, no el del  cuento de Edgar. Muy bonito. Me encantó, lo llevaré siempre en el corazón y, claramente, me he enamorado de Julia, la mejor novia imaginaria de todos los tiempos.